La imagen que queda grabada en la memoria pública no es la de un documento político, ni la de una declaración diplomática, ni siquiera la de un debate jurídico sobre visados o control de fronteras. Es un momento mucho más sencillo, casi crudo: un expresidente de los Estados Unidos que aparece en un pabellón de la NBA y es recibido con una mezcla de aplausos y abucheos fuertes e inconfundibles por parte del público neoyorquino.
En esa reacción reside más verdad política que en muchas ruedas de prensa oficiales juntas. Porque es precisamente allí, en un pabellón deportivo donde la gente suele acudir para evadirse de la política, donde esta se impone de nuevo sin tapujos ante los rostros de quienes ostentan el poder.
Esa misma tensión proyecta una larga sombra sobre el Mundial de 2026, que, bajo la coorganización de los Estados Unidos, aspira a convertirse en el mayor evento deportivo global del mundo. Sin embargo, tras la promesa de unión se esconde una política que los críticos consideran no solo estricta, sino un mecanismo de exclusión estructural.
En lugar de una fiesta deportiva abierta, surge un sistema en el que el acceso al evento es filtrado por un Estado que subordina constantemente el deporte a la seguridad, la elaboración de perfiles y los intereses geopolíticos. Y es precisamente en esa jerarquía de intereses donde la narrativa de una experiencia deportiva universal choca con la realidad de la política fronteriza estadounidense.
Bajo gobiernos sucesivos, los Estados Unidos han endurecido su estructura migratoria y de visados hasta convertirla en uno de los sistemas de acceso más controlados del mundo. Durante la presidencia de Donald Trump, esa política no solo se volvió más estricta, sino también más explícitamente cargada de ideología. La mentalidad del llamado «travel ban», el escrutinio reforzado de ciertas nacionalidades y la retórica política en torno a la inmigración han reforzado internacionalmente una imagen en la que el acceso al país no es un mero trámite administrativo, sino una evaluación de valor, riesgo y origen.
Ahí es precisamente donde se centra la crítica. Porque un mundial de fútbol, organizado bajo el amparo de la FIFA, presupone en esencia el principio opuesto: la neutralidad en el acceso. En teoría, cualquier persona que se clasifique deportivamente debería estar en igualdad de condiciones. Pero en cuanto esas mismas personas deben pasar por una solicitud de visado, esa igualdad se transforma en una desigualdad burocrática y geopolítica. La idea de que el deporte es un «lenguaje universal» no choca aquí con la violencia, sino con formularios, tiempos de espera y facultades de decisión que se encuentran fuera del estadio.
Esa tensión suele camuflarse con un lenguaje técnico: seguridad, escrutinio, rigor procedimental. Pero tras ese lenguaje se oculta una realidad política en la que la movilidad no se distribuye de forma equitativa. Un seguidor de Europa occidental sigue un trayecto distinto al de un aficionado de partes de África, Asia o América Latina. No necesariamente por una discriminación explícita en cada caso individual, sino por un sistema en el que los perfiles de riesgo, las relaciones diplomáticas y los patrones migratorios históricos desempeñan un papel silencioso pero determinante. El resultado es una forma de desigualdad que no se manifiesta en eslóganes, sino en visados aprobados o denegados.
Precisamente por eso, el Mundial en los Estados Unidos adquiere una relevancia que va más allá del deporte. Se convierte en una prueba de hasta dónde puede llegar un evento globalizado dentro de un marco de seguridad nacional que, por definición, es selectivo. Y eso plantea una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué significa aún «campeonato mundial» cuando el mundo no puede desplazarse libremente hacia dicho campeonato?
Esa pregunta cobra mayor agudeza al observar la esfera pública en torno a figuras políticas que encarnan esta tensión. El momento en que Trump fue confrontado con fuertes abucheos y reacciones mixtas del público en un partido de los New York Knicks en el Madison Square Garden es más que una anécdota. Es un momento inusual y sin filtros en el que la simbología del poder choca con la emoción de un público urbano que no se expresa mediante la diplomacia o los protocolos, sino a través del sonido, el rechazo y la reacción directa. En ese escenario, el lenguaje controlado de la política desaparece por un instante y solo queda la percepción pública.
Ese contraste es esencial para comprender por qué el debate sobre el acceso al Mundial está tan cargado. Porque no se trata solo de textos políticos o protocolos de seguridad, sino de la imagen que se proyecta. A los Estados Unidos les gusta presentarse como anfitriones de eventos mundiales, como centro de la cultura del entretenimiento y el deporte, como un escenario abierto y acogedor. Al mismo tiempo, su dinámica política interna proyecta con frecuencia la imagen opuesta: la de la selección, el control y la vigilancia fronteriza como lógica primaria del poder estatal.
Esas dos realidades no coexisten sin fricciones. Al contrario, se refuerzan en su contradicción. Cuanto más fuerte se proclama la narrativa de la apertura, más visibles resultan los momentos en que esa apertura se ve limitada. Y cuanto más visibles son esos límites, más se convierte cada caso individual —cada seguidor que no obtiene el visado, cada delegación que sufre retrasos— en un símbolo de un sistema mayor.
La ironía es que el deporte se ha convertido precisamente en el instrumento más poderoso de «soft power» en el mundo moderno. Es el ámbito donde los países no se presentan a través del poder militar o económico, sino mediante la emoción, la identidad y el atractivo cultural. Pero el «soft power» solo funciona mientras el acceso a ese escenario siga siendo creíblemente abierto. En cuanto ese acceso se percibe como desigual o dirigido políticamente, el propio escenario se convierte en objeto de debate.
Bajo esta perspectiva, el Mundial de 2026 no será solo un evento deportivo, sino también un reflejo de una tensión estructural más profunda en el orden internacional. La globalización ha acelerado el movimiento de capitales, imágenes e información, pero no necesariamente el de las personas. El deporte se encuentra precisamente en ese punto de tensión: es, al mismo tiempo, hiperglobal y estrictamente regulado.
Lo que queda es una realidad incómoda en la que la idea de conexión global choca constantemente con los mecanismos de control nacional. Y en la que un estadio está, en teoría, abierto al mundo, pero en la práctica es filtrado de antemano por fronteras que quedan fuera de la vista del público.
Los abucheos en un pabellón de la NBA, los debates sobre la política de visados, las sensibilidades diplomáticas en torno a los torneos deportivos: no son hechos aislados, sino fragmentos de una misma historia. Una historia en la que el poder no solo se ejerce a través de decisiones y leyes, sino que también se refleja en quién puede viajar, quién puede mirar y quién solo puede observar desde la distancia un mundo que gusta de considerarse abierto, pero que en la práctica lo es solo parcialmente.
Charless Muller














